Se puede afirmar que el agua es un alimento imprescindible para vivir ya que es el encargado de realizar funciones como transportar los alimentos y los gases, expulsar los productos de desecho mediante la orina y las heces, regular nuestra temperatura, lubricar nuestras articulaciones y contribuir a dar estructura y forma al cuerpo mediante la rigidez que proporciona a los tejidos.
Un adulto sedentario, en un ambiente sin exceso de calor y humedad, requiere unos dos litros y medio de agua al día, que obtiene de tres fuentes: del líquido que ingiere (alrededor de 1200 ml), de los alimentos que consume (aproximadamente 1000 ml), y del que produce dentro del organismo como consecuencia del metabolismo, que equivale a cerca de 350 mililitros. Las frutas y vegetales son los alimentos que más agua contienen.
En la época estival hay que tener en cuenta que las necesidades hídricas del metabolismo están aumentadas ya que con el sol y el calor sudamos más y, consecuentemente, la pérdida de líquidos se incrementa. Es muy importante beber regularmente de 8 a 10 vasos al día sin esperara a tener sed. Calor, humedad y ejercicio físico son las condiciones idóneas para que aparezca un cuadro de deshidratación. Otras circunstancias que requieren el aporte extraordinario de líquidos son la fiebre, y, especialmente, la diarrea y los vómitos, cuya incidencia aumenta en verano a causa de las gastroenteritis, más frecuentes en esta época del año.
Sed, sequedad de las mucosas y de la piel, sensación de ardor y acidez gástrica, somnolencia, fatigabilidad extrema, y si es más grave, ojos hundidos, pulso acelerado, descenso de la tensión arterial, fiebre, retención de líquidos (por lo que algunos órganos, como los riñones, comienzan a fallar, pudiéndose llegar al colapso y la muerte) son algunos de los síntomas de la deshidratación.